El problema de Ronja y de Melissa
es que su padre, además de ser simpático, encantador y amable, es también
alcohólico, con lo que incapacita eso a cualquier persona. A consecuencia de
ello, ningún trabajo le dura más de unos días, los suficientes como para que
cobre la primera de las pagas y la dilapide en el bar de turno sumando alguna que otra deuda por el camino, dejando sin
atención a sus hijas y obligándolas a crecer demasiado rápido. Este año, sin
embargo, todo parece diferente: el padre de Ronja consigue un trabajo vendiendo
nada menos que árboles de Navidad, lo que supone una incipiente ilusión en la
siempre positiva niña.