En esta breve obra, la única
publicada por su autor, encontramos esbozos, recuerdos y sensaciones de un
niño/adolescente en uno de esos veranos antiguos, comunitarios, familiares,
colectivos, que se vivían hace unas décadas. La casa a la que acude el
protagonista esa estación del año y en la que conviven todas las ramas de una familia
se encuentra en Asturias, suponemos que en la cercanía de la ciudad de Gijón, y
estamos seguros de que cerca de la costa sometida al mar Cantábrico.
Entre guerras de almohadas y sentados
a mesas en las que comen adultos separadas de aquellas en las que comen los
niños, viviremos con el narrador (con una voz que hoy podemos considerar normal
pero que en el año de su publicación, 1952, hubo de ser rompedora) aventuras y
sobre todo sentimientos expresados de una forma lírica y que tienen su hilo
conductor en la fascinación que produce en él Helena, convertida en su primer
amor, su primera caricia, su primer beso, el terremoto que supone el roce de
unos dedos…

Para hablar de “Helena o el mar
del verano” he de hablar de una narración “a trozos”. Me explico: no hay una
trama en la cortísima novela, sino que, como si abriésemos una caja de cartón
vieja en la que hay unas cuantas fotografías de hace muchos años, el narrador
nos cuenta recuerdos, olores, sabores, sonidos y escenas que son evocadas
gracias a esas fotografías. He de decir, tal vez insistir, en el lirismo con el
que Ayesta adereza lo que nos cuenta, ya que lejos de alejarme de la lectura (lo
siento, pero he de confesar que soy un lector muy prosaico) tuvo la habilidad
de usar un lenguaje poético como un perfecto envoltorio de una lectura que vale
la pena.
El monólogo interior elegido por
el autor como forma de comunicarse con nosotros resulta fresco y desenfadado y
en algunas ocasiones muy sorprendente. Me resulta fácil elegir un ejemplo para
escenificar lo chocante que resultó leer algunos párrafos y es el cómo se habla
de la religión católica en las páginas de “Helena o el mar del verano”; hemos
de tener en cuenta el momento en el que fue escrito (en medio de una sociedad
profundamente religiosa y un régimen político que lo potenciaba todo lo posible)
y que el autor era un diplomático de la época que incluso llegó a ser embajador
español en Yugoslavia. Con esos antecedentes me pareció incluso temeraria la
forma de expresarse.

No sé si conocías el título que
traemos hoy. Yo no. No conocía nada de él ni del autor. Tan solo me atrajo el evocador y acertado
título y la coletilla que eligió la editorial para que caigamos en la trampa de
la lectura: “una de las obras más extraordinarias de la de la narrativa
española de la posguerra”. ¿Quién se puede resistir a algo así? Pues yo no
puedo. Así que, temiendo que me diesen gato por liebre, terminé disfrutando de
una lectura amena, agradable y hermosa, tan corta que invita a pasar una tarde
en una hamaca o un sillón con una bebida y disfrutar de los recuerdos que nos
traen colores, sabores, olores y sensaciones que difícilmente se pueden
confundir. “Helena y el mar del verano” resultó ser un bonito paseo.