domingo, 8 de mayo de 2022

"Ay, William", de Elisabeth Strout

 Para empezar a hablar de Elisabeth Strout, la autora, creo que lo más correcto es que me ponga primero de pie. Lo merece, de verdad. Es una grandísima escritora. Y para comenzar a hablar del libro que traemos hoy, “Ay, William”, he de mencionar primero a uno de sus personajes. Se trata de Lucy Barton, ya que éste es el tercer libro que la autora dedica a este personaje. En el primero, “Me llamo Lucy Barton”, nos narra una estancia en el hospital en la que su madre, a la que hacía mucho que no veía y con la que tenía un trato complicado, viene a ocuparse de acompañarla durante cinco días.

 

En la segunda ocasión en la que Strout nos cuenta algo de Lucy, vemos cómo regresa a su pueblo desde la gran ciudad, desde la cosmopolita gran manzana, convertida en una escritora de éxito. Allí, en el lugar de sus (paupérrimos) orígenes, varias personas que la conocieron narran a su manera sus vivencias y su forma de verla, para aportarnos un punto de vista cada uno que nos da una mejor perspectiva del personaje y de la persona.

 

Por fin llegamos a “Ay, William”, su último libro y que fue recientemente estrenado en el que vuelve a contar con la voz narradora de Lucy, ya en la tercera edad, que acaba de perder a su segundo marido, David. Su primer marido (que aparece en el título) y padre de sus dos hijas, acaba de sufrir también una pérdida y, dada la cordial relación que conservan desde hace tantos años, a pesar del duro tiempo en el que decidieron separarse, Lucy se convierte en apoyo y en confidente de William.

 

Así que la escritora Elisabeth Strout retoma el personaje de la escritora Lucy Barton, que decide llevar a una novela la relación con William. Hay que decir que Elisabeth Strout no nos dibuja personajes sencillos, sino que tiene una capacidad sublime para mostrarnos las contradicciones y las encrucijadas en las que se encuentran, lo que nos trae situaciones sinceras y muy cotidianas, en las que podemos vernos reflejados  a nosotros mismos o a personas que hemos conocido.

 

Creo que es su mayor virtud: el profundo retrato que hace del ser humano a través de sus personajes, muy alejado de clichés, de la condescendencia y de la falsa humildad. Con Lucy (y cómo es capaz de reconocer sus propios defectos al ponerse al alcance de la crítica de los demás) vivimos una especie de novela de intriga en la que la trama es el desenredar los sentimientos que provoca una relación, aunque sea a distancia temporal y física. Porque de eso se trata: de intentar descubrir el qué somos, por qué, cuándo nos hemos convertido en eso, y preguntas tan llenas de jugo como esas.

 

Llegados a este punto he de decir una cosa: Elisabeth Strout es de mis escritoras preferidas (¿verdad que no se ha notado nada hasta ahora?). Y sé lo que es capaz de dar. También creo que la cumbre de su talento está reflejada en otro personaje: Olive Kitteridge. Y me da por pensar que su fuerte es, tal y como desarrolló en las dos novelas en las que aparece Olive (“Olive Kitteridge”, ganadora del Premio Pulitzer de novela, y “Luz de febrero”, titulada originalmente “Olive, again”), el contar a través de muchas voces la historia de un personaje (como en la segunda parte de la trilogía de Lucy Barton).

 

Así que, inconscientemente, el lector de Strout que vive dentro de mí disfrutó mucho de la narración de Lucy sobre la relación con su ex marido, pero, sabiendo hasta dónde puede llegar la autora, echó de menos otros puntos de vista que nos hiciesen más certero el retrato. En resumidas cuentas, “Ay, William” es un excelente libro, con una excelente búsqueda de sentimientos y pensamientos, como es habitual en la autora, y que estoy seguro de que si estuviese firmado por otra persona recibiría sin duda mi sobresaliente. Pero lo firma Strout, y aunque sea injusto, se queda rozando tal nota. Agradable, interesante, aconsejable. Y sigo con esa sensación de que la autora, además de ser una excelente escritora, tiene que ser (¡tiene que ser!) una persona que vale la pena.