miércoles, 15 de julio de 2020

"sylvia", de Celso Castro

Supongo que cada persona que tiene el hábito de hacerlo cuando inicia una reseña lo hace a su manera. A medida que se van sucediendo las opiniones sobre libros leídos es inevitable adquirir una especie de mecanización. En esta página hemos publicado cientos de ellas, y si hubiese de resumir de alguna manera esa automatización diría que suele ser dedicar unas primeras líneas al argumento del libro a reseñar, (intentando no descubrir nada que no aparezca en las primeras páginas o, como mucho, en la propia contraportada del libro) seguido de lo que me hizo sentir la lectura.

 

Hace mucho (si es que hubo alguna vez) que no me pasa el desconocer cómo comenzar la reseña de un libro. Y es lo que me sucede con “sylvia”. Quisiese ser capaz de aislar el argumento del libro de lo que me hizo sentir la forma de contarlo. Pero, sinceramente, no creo tener esa capacidad. De todos modos voy a intentarlo.

 Nuestro protagonista es un joven (de nombre desconocido por nosotros) del que pronto sabemos que no es capaz de manejar el sufrimiento que le acompaña desde hace años. Hace ya tiempo que su padre falleció, de una forma un tanto dura. Sigue en la casa familiar y, a pesar de la influencia que intenta ejercer su madre sobre él, en ocasiones no puede evitar meterse en unos problemas que amenazan con ser cada vez más graves. Parte de ese sufrimiento lo encauza hacia la poesía, y con ello se relaciona con personas semejantes a él, que cultivan su misma pasión.

 

En una de esas noches que suelen comenzar en una de las mesas de “El búho” en el Orzán coruñés, y cuyo final es incierto ya que puede acabar en la comisaría, conoce a Sylvia (perdón por la mayúscula). Y se enamora. Sylvia es la subdirectora de una revista literaria, Minotauro, y comparten espacio y aficiones aunque ella tiene unos diez años más que él. Para él la vida cobra sentido, y cree haber dejado atrás el dolor que lleva arrastrando desde hace tantos años. Cree que ha nacido para disfrutar de esa relación. Pero, realmente, el incombustible amor que siente hacia ella no es más que el principio de un sufrimiento mayor.

 

“sylvia” fue una de mis lecturas pendientes desde hace mucho. Siempre estaba ahí, esperando su momento, y por diferentes circunstancias se fue dilatando en el tiempo su lectura. Y su momento llegó, por fin, hoy. Y digo hoy porque hoy lo he comenzado y lo he terminado. Desde las primeras páginas (el libro tiene unas 120) supe que la forma de escribir de Celso Castro me iba a llenar. Y así fue. Con un particular uso de las puntuaciones el autor nos coge por el pecho y nos arroja de forma rápida a la mente del protagonista, que se dirige a nosotros en primera persona.

 

Además del exclusivo estilo al puntuar las frases y párrafos, la ausencia de mayúsculas dota a la lectura de una sensación de cercanía, de susurro, de confidencia, que lo convierte en muy particular y, creo yo, muy acertado. El aparente caos en la narración que poco a poco adquiere una firme solidez me confirma que Celso Castro es uno de los autores más interesantes que he tenido la suerte de leer últimamente. Y “sylvia” todo un acierto como lectura.

 

Es posible que no te produzca las mismas sensaciones que a mí. Siempre he pensado que cada libro tiene tantas versiones diferentes como lectores se aventurar a leerlo. Pero sí te digo una cosa: resulte para ti una obra de sobresaliente o de notable, sería una locura que no lo leyeses.

 

Mucho me temo que la reseña que intento terminar no capta del todo lo que intento expresar, pero si convenzo a una sola persona de que merece la pena entrar en el mundo del escritor coruñés, me daré por satisfecho. Antiguamente los libros los subrayábamos en las líneas que más nos llegaban a gustar; en la actualidad, por comodidad o por lo que sea, el omnipresente teléfono sirve para captar la imagen de lo que nos impacta. Hoy he usado el teléfono para recordar varios párrafos, y de entre ellos elijo la parte que creo más representativa de lo que te vas a encontrar en las páginas de “sylvia”:

 

si nunca has suplicado de rodillas que no te abandonen, si no te has arrastrado a los pies de la persona que amas y no la has seguido babeando hasta el ascensor y por favor, por favor, y que harás lo que quiera, pero por favor...si no te has desgarrado en la soledad de tu casa, ni has besado su fotografía con una ternura que desconocías, ni has apretado su camiseta contra tu cara y la has olido y la has empapado de tus lágrimas, entonces es mejor que me dejes en paz y te vayas por ahí, porque no entenderás ni una palabra de lo que quiero contarte, ni una sola palabra.