miércoles, 14 de julio de 2021

"Kramp", de María José Ferrada

Nos encontramos a finales de la década de los sesenta del siglo pasado, y D. necesita buscarse una ocupación con la que ganarse la vida. Mientras parte del planeta observa en directo sin respiración y anonadado cómo  la quinta misión espacial tripulada del programa Apolo de la NASA alunizaba y, al día siguiente, Neil Alden Armstrong dejaba la huella de su traje espacial en la superficie lunar y leía las palabras con las que pasaría a la historia, D. tomó una decisión que marcaría de algún modo el futuro de su vida y la de su familia: se convertiría en comercial de la marca de artículos de ferretería Kramp.

 

A partir de ahí entra en un mundo en el que ha de estar muy despierto para, evitando en la medida de lo posible los escrúpulos, vender por los distantes entre sí pueblos del sur de Chile la mayor cantidad posible (aunque lo camufle como errores en el envío) de productos entre las ferreterías, establecimientos que suponemos imprescindibles para el funcionamiento de los talleres, viviendas y granjas de cada localidad. Tras unos años de experiencia, D. tiene una buena colección de trucos para colocar sus productos y, además, es uno más de los miembros de esa especie de hermandad que forman los viajantes de diferentes productos, acostumbrados a alojarse en los mismos lugares, comer juntos, y compartir anécdotas más o menos disparatadas.

 

Dado que D. es padre de una niña, no duda en disfrutar de la compañía de ésta, que pronto aporta un plus al vendedor, aumentando las ventas gracias al buen hacer de la pequeña. La picaresca es imprescindible y tanto padre como hija tienen la capacidad de desplegarla en cada ferretería a la que entran. Como hemos dicho antes, tan solo unos años después de la llegada a la Luna por parte del hombre estamos en los primeros años setenta en Chile, con lo que nos podemos imaginar el convulso y complicado escenario político, y el geográfico seguirá siendo esa colección de pequeños pueblos a la que acceden los viajantes con sus resistentes “Renoletas” (curiosa forma de llamar al popular vehículo que aquí se conoce como Cuatro Latas, R4 o Renault 4, aunque seguramente estas formas de llamarlo les parezca a ellos igual de curiosas).

 

Dado que hace unos cuantos años de la historia que nos cuenta “Kramp”, nos podemos imaginar que la vida va a un ritmo mucho menor que el actual: hoy día vivimos unas cuantas marchas más rápido que entonces, y parece que necesitamos hacer cientos de cosas en un día, disfrutando realmente de tan solo un pequeño porcentaje de ellas. En la lectura también hay cabida para momentos estresantes, y es difícil cuando a un lector habitual se le atragantan varias lecturas seguidas, o no le aportan lo suficiente. Parece que se pierde el tiempo, pudiéndolo utilizar en otras cosas más provechosas. Seguramente muchas de las personas que lean estas líneas hayan tenido una sensación similar.

 

Pues bien, en ese estado llegó a mis manos “Kramp”. No lo conocía en absoluto. Es un libro fino, de pocas páginas y con capítulos que ocupan a veces un par de párrafos (o tan solo uno). La sensación inicial es que se lee en media hora, una hora a lo sumo. Y así, sin conocer nada del libro, inicié la lectura. ¿Y qué me encontré? Una joya. Una joya. En sus pocas y poco llenas páginas la autora va desplegando una historia sencilla en la que va plantando semillas en forma de frases que, además de ser bellas, tienen mucho peso en sus letras.

 

Así, avanzamos capitulito a capitulito leyendo (y al menos en mi caso releyendo) frases que van calando y que van metiéndonos en la historia, de forma paradójica, a fuego lento: en esta época de estrés y velocidad en casi todo lo que hacemos aparece un libro fino, pequeño, diminuto, y nos obliga a parar, a respirar, a leer despacio, a disfrutar de cada página al ritmo que merece. Y tras leer y releer, y obligarme a dejar el final para leerlo como merecía, me di cuenta de que un libro que el lunes (curiosamente el lunes en el que se celebraba el aniversario del lanzamiento del Apolo 11 que nos dejó la frase “es un pequeño paso para el hombre…”) no conocía ni había oído tan siquiera hablar de él, el martes se había convertido en mío, uno de mis libros, una de mis joyas.

 

La autora, habituada a escribir libros infantiles y juveniles y algún que otro relato, decidió embarcarse en la escritura de su primera novela y, creo, fue un acierto total, ya que su experiencia en el relato corto parece que encaja perfectamente en la novela (minúscula) que acabo de terminar, ya que el valor de las palabras es mayúsculo. En tan solo una frase María José Ferrada dice muchísimo, y de una forma bella. También hay que destacar cómo maneja el ritmo de la lectura y cómo va encajando cada palabra, cada personaje, cada gesto… Una construcción del relato magnífica.

 

Como decía antes, “Kramp” era un desconocido para mí (y probablemente para todos vosotros o al menos para la mayoría) pero entra por méritos propios en la categoría de esos libros que, sin grandes estridencias, se cuelan en nuestro interior y se hacen un hueco para siempre. Esa categoría de libros que podríamos llamar “de culto” y que, aunque no sean éxito de ventas, probablemente permanezcan durante muchos años. Tal vez espoleado por lo que me hizo sentir, por la forma de obligarme a leer despacio, por la sorpresa de lo desconocido o por el conjunto de todo ello será uno de mis cinco estrellas. No puedo evitar decir que tengo la necesidad de volver a leerlo y (lo siento, pero será así) volver a disfrutar a fuego lento su lectura e ir subrayando las frases que me hicieron parar y releer en mi primera (y no última) lectura. Sencillo, hermoso y con una sensibilidad que lo coloca entre mis imprescindibles.  

⭐⭐⭐⭐⭐