El hemisferio norte de este
planeta se está preparando para el verano. Con ello, llegan los días más
largos, más aprovechables y, por lo general, con mayor cantidad de tiempo
libre. Así que hay que ir preparando las cosas para disfrutar de ello. Y en este
país uno de los pasatiempos preferidos es pasarlo cerca del agua o, mejor
dicho, dentro de ella. Así, sea piscina, río o playa, se acercan esos días en
los que se disfruta de estar tumbado sobre una toalla o una silla mientras se
desconecta un poco de la rutina diaria. Y, si estás leyendo estas líneas,
probablemente uno de los objetos que incluyas en la bolsa que preparas para
estos días sea un libro.
Y en ese entorno no siempre
apetecen libros densos y con los que hay que concentrarse para no perderse nada
de la trama, ¿verdad? Apetece algo más ligero, que se pueda dejar y retomar un
rato después, tras habernos refrescado un poco. Pues bien, creo que el libro
que traemos hoy cumple todos los requisitos para acompañar a las gafas de sol y
la toalla en la bolsa que lleves a la playa o similar. Porque “La librería
encantada” es un libro entretenido, y al que es fácil coger cariño. Siento
haber empezado la reseña por lo que debía de ser el final, pero creo que es el
candidato perfecto para lo que estaba explicando.
También tengo que puntualizar que
“La librería encantada” es la continuación de otro libro (“La librería
ambulante”) aunque creo también que se pueden leer de manera independiente. Si
en el primero la trama se desarrollaba en los albores de la que sería conocida
como Primera Guerra Mundial, la que traemos a estas líneas se desarrolla
inmediatamente después del final de la misma, todavía con las conversaciones “de
paz” pendientes de ser tramitadas, y que se convertirían en unas restrictivas
condiciones que todos sabemos cómo acabaron.
Hellen McGill y Roger Mifflin
desarrollaron sus aventuras en el mundo rural en “La librería ambulante” y,
años después, en “La librería encantada”, regentan una librería de segunda mano
en el barrio de Brooklyn, en la pujante y efervescente Nueva York, en medio de
una expansión que no cesaría durante todo el siglo pasado. La pasión que ambos
sienten por los libros se ve ampliamente recompensada entre los estantes de la
poco conocida librería, y las reuniones que celebran cíclicamente con otros
libreros y amantes de los libros suponen otro aliciente a una vida que no
habían llegado ni a soñar.
En una de esas reuniones uno de
los asistentes, el señor Chapman, el adinerado dueño de una empresa dedicada a
la comercialización de cerezas con su apellido como nombre comercial, ofrece a
Roger algo que, conociéndolo, le va a encantar desarrollar: se trata de recibir
durante un tiempo a su (rica y conocida heredera) joven hija Titania para que aprenda, por un
lado, a ganarse su propio sustento (un sustento que abonará por partida doble
su padre) y por otro que adquiera la herencia que todo amante de los libros
desea para sus hijos: el propio amor por la literatura, por la lectura.

Hellen y Roger forman una pareja
encantadora y su pasión por la lectura no puede ser más que compartida por
nosotros. Además, los ingredientes usados en la primera de las aventuras que
Christopher Morley diseñó para ellos también los tiene la continuación: un
humor sorprendente y con un gusto exquisito además de unas aventuras
interesantes y divertidas entre cientos de referencias literarias que no se
pueden pasar por alto. Creo que la inclusión de los personajes adicionales es
un acierto de un escritor que, paradójicamente, sigue sorprendiendo un siglo
después de sus publicaciones pero que parece que (al menos en nuestro país) no
tiene el reconocimiento que se ganó con sus libros. Afortunadamente la
editorial Periférica (suele tener buen gusto al elegir) decidió rescatar unas
aventuras que harán amenas tus tardes de verano, o de cualquier otra época del
año.