miércoles, 15 de noviembre de 2017

Relatos sin nombre II

Dicen que no has de llevar el trabajo a tu casa, y en mi caso es la única manera de poder sobrevivir a ello. Lo supe desde el primer día en el que inicié mi tarea, hace ya casi dieciocho años. Recuerdo el miedo, el pavor que tenía ese primer día y la escalofriante impresión que sufrí al salir desde la zona de vestuarios hasta el vestíbulo, donde debía esperar durante unos minutos a la persona que me iba a enseñar el oficio. Un oficio que nadie desea.

Desde entonces, desde el sin duda peor día de mi vida, han pasado muchas cosas. He aprendido a poner una barrera infranqueable entre mi trabajo y mi vida privada. Una vez termina mi jornada me doy una intensa y curativa ducha, en la que inconscientemente siento que me despojo de cualquier contacto con lo que he hecho durante el día. Me suelto el pelo, me miro al espejo, respiro hondo y sonrío desde lo más profundo de mi alma; sonrío a mi suerte, sonrío a ese día, sonrío a la vida. Me convierto, por fin, en la vecina del tercero. Una mujer como otra cualquiera que vuelve de su trabajo, que puede reír, que puede llorar, que puede permitirse hablar de lo que le apetezca. Una mujer normal, y no la directora de un tanatorio.


Sí, lo sé. El gesto que ha producido en ti el leer la palabra “tanatorio” es el gesto que produce en casi todo el mundo que la escucha o la lee. Es además el efecto que produjo en mí cuando me ofrecieron presentarme a la entrevista del trabajo que se convertiría en mi medio de vida. No quisiese entrar en detalles de lo que viví ese día, pero sí quisiese explicarte que he tenido que despojarme de los sentimientos en mi puesto de trabajo.

No podría vivir si me involucrase en cada uno de los casos que acaban engrosando mis archivos. He visto de todo y he llorado de rabia decenas de veces; he maldecido mi vida y he deseado no levantarme cada día durante no sé ya cuántos amaneceres. Pero todo ser humano es capaz de adaptarse a cada situación por dura que pueda parecer. Y yo logré hacerlo.

La causa principal es que decidí ser la persona que cada familia necesita en ese momento, en los momentos más duros que se pueden experimentar. Decidí aprender a conocer a cada una de las personas que entran por la puerta. Aprendí quién necesita desde el primer momento una mano que se apoya en su hombro, y quién rehúye cualquier contacto. Aprendí a conocer de un vistazo quién necesita decenas de coronas de flores  y un entierro multitudinario y quién necesita la más estricta intimidad.

En mi trabajo he enterrado a miles de personas, incluso a familias enteras el mismo día y a familias enteras en  años diferentes.  Desde mi mostrador he visto romperse a las personas más duras y endurecerse a las personas más sensibles. He visto discusiones por herencias que acaban con un entierro en solitario. He visto a nietos enterrando a abuelos y a abuelos enterrando a nietos. He organizado el entierro de personas ilustres que, en vida, llenaban las páginas de los periódicos a diario, y he enterrado a personas que no tenían ni tan siquiera un techo bajo el que cobijarse. He enterrado a mis propios familiares, y he preparado para su partida a uno de mis mejores amigos.
Te preguntarás qué es lo más duro de mi trabajo. Tal vez te venga a la cabeza el convivir con la muerte. El presenciar cómo un cuerpo sin vida es embalsamado para una mejor conservación en los días en los que va a estar expuesto a la vista o no. El elegir con el miembro más entero de la familia la ropa que ha de llevar en su último viaje. El aroma de la muerte que se respira en cada rincón de la planta inferior, en donde se sigue el ritual de preparación del entierro. El tacto de la piel sin vida, el afeitar y peinar a un cuerpo que ha perdido la vida. Todo ello es duro, no puedo negarlo. Pero en unos días te acostumbras a la parte física de la muerte.

Sin embargo lo verdaderamente complicado es mirar a los ojos de las personas que vienen a nosotros. Encontrar el momento adecuado en el que hablar del tipo de ataúd o la hora de la cremación, el trayecto desde el tanatorio hasta el cementerio correspondiente, los trámites a realizar. Eso es lo verdaderamente duro. Y cada día intento hacerlo mejor que el anterior. Y creo que lo consigo. Sé hacer mi trabajo. No puedes venir cada día a un sitio así si no amas tu labor. Con una mirada, con un silencio, con un abrazo, con un amago de sonrisa o un apretón de manos puedes lograr reconfortar en el más delicado de los momentos.

A pesar de ello, como te decía antes, es imprescindible no involucrarse personalmente; no puedes derrumbarte ocho veces durante un día y convertirte en un problema para tanta gente que te necesita. Has de procurar ser efectiva y profesional en todo momento, y personalmente desde que abro mi taquilla por la mañana empiezo un ritual en el que intento cumplir con mi cometido. Tras los primeros días en los que llegué a adaptarme a mi entorno como no pensé que lograría nunca supe que mi figura es muy importante y puede hacer la vida un poco más digerible.

Y soy consciente de que me gusta lo que hago, de que estoy hecha para esto, de que realmente he llegado a amar mi trabajo. Pongo todo de mi parte por facilitar los peores tragos de mis clientes, y una de las mejores sensaciones que he vivido es cuando, unos días después de su entierro, vienen familiares simplemente a abrazarme y a decirme lo que les he ayudado. Es simplemente incomparable.

Hay días en los que es más difícil que otros ir a trabajar, no lo puedo negar. En casos excepcionales sé que va a ser un día horrible antes de salir de casa. Tal y como corresponde a la época en la que vivimos los medios de comunicación están en todas partes, deseando regalarnos titulares nuevos cada pocos minutos, saltando de una a otra noticia a velocidad de vértigo. Cuando veo en las noticias que ha habido un accidente, o tal vez una agresión con resultado de muerte, no puedo evitar que decaiga mi ánimo. Son personas que, involuntariamente, entran un poco en tu vida antes de saber si van a ser lo próximos cuerpos en ser depositados por nuestra furgoneta.

El peor día fue el caso de Pablo. No tengo duda de que lo recordarás. Hace aproximadamente un mes todos nos fuimos con la misma horrible sensación a la cama. Uno de nuestros vecinos, un niño, había muerto tras una caída desde su ventana. Su padre, Pablo, fue detenido inmediatamente como presunto autor de los hechos. Todos odiamos a Pablo. Yo lo odié desde ese mismo momento. El niño, Manuel, tenía seis años y falleció en ese mismo instante.

Al día siguiente nos despertamos todos con la misma sensación de dolor y de consternación por Manuel, sintiendo con él sus últimos momentos, y compartiendo los sentimientos de la familia. Pablo se negó a declarar, y al conocer esa noticia todos lo odiamos un poco más, aunque hasta entonces no parecía posible. Yo, además, me desperté con la certeza de que la preparación de Manuel sería la ocupación de mi día. Fue muy duro, y puse toda mi alma en prepararlo lo mejor que supe y pude.

Suele suceder que, en un caso tan mediático, nuestro edificio se llena de gente que quiere dar su pésame a la familia. Estoy acostumbrada a esas muestras, pero fue duro observarlo. El tanatorio es semicircular, y a cada lado tiene una entrada.  Justo en el centro está mi mostrador, y en el semicírculo se distribuyen siete salas. La sala que le correspondió a Manuel fue la sala 4, la mayor de todas, que se encuentra justo ante mi mostrador. Ese día incluso los asistentes a las demás salas intentaron calmar a la madre, a los abuelos, a los amigos…

Como recordarás, un canal de televisión logró la exclusiva de las imágenes de la caída de Manuel, obtenidas de la cámara de seguridad de un comercio del barrio. Con el ansia de recibir visitas en su página web la publicaron, y pronto se convirtió en un video viral. Yo personalmente lo recibí de unas diez personas y también en cuatro o cinco grupos. Me juré no llegar a verlo, pero realmente no pude resistir la tentación. Lo vi una sola vez, y tal y como nos pasó a todos, fue una visión perturbadora, con el matiz que todos conocemos.

A raíz de la publicación de ese video Pablo, el padre, fue inmediatamente liberado y todos los cargos fueron anulados. Se trataba, sin duda, de un accidente. Recuerdo que pensé lo duro que habría sido para la madre de Manuel esa caída, pero no pude llegar a imaginar lo que estaba viviendo Pablo desde el primer momento. No lo podía imaginar, pero pude comprobarlo en cuanto entró por la puerta derecha, porque sin ningún género de dudas desde el primer momento  supe que era él.

Era un hombre alto, con el pelo corto aunque despeinado. Llevaba una barba de unos días un tanto descuidada. Asomaban ya las canas por la mayor parte de su pelo. Tenía los hombros anchos y parecía haber dormido con la ropa que llevaba puesta. Lo que creo que no sería capaz de describir es su mirada. La mirada con la que entró. Una mirada de… de vacío. Una mirada perdida, impasible. Sus labios estaban apretados desde el momento en el que cruzó el umbral de la puerta. Entró arrastrando los pies, sin ningún gesto que pudiese darnos una pista de sus sentimientos.

Al verlo, decenas de familiares acudieron a abrazarlo, llorando, gritando algunos, diciendo palabras que, aunque sabían que no podrían mitigar el dolor de ese hombre, necesitaban pronunciar para aliviar su propia pena. A todos ellos respondió de la misma manera: con la mirada perdida e imperturbable y sin decir una palabra, sin derramar una lágrima. Se abrazó su mujer a él durante unos minutos justo delante de mí, y Pablo seguía sin articular palabra. Aunque la escena era dantesca no pude evitar sentirme identificada con él. Yo no sé si sería capaz de expresar alguna emoción en un momento así, en el que nada tiene sentido ya.

Poco a poco fue llegando a la sala 4. Esta sala está dividida en dos partes: en una de ellas está una pequeña sala en el que se coloca el ataúd, que la familia decide si está abierta o no. En el caso de Manuel estaría, como es habitual, cerrado en todo momento. El trabajo de tanatopraxia en el que tanto nos esforzamos mi compañero Alberto y yo sirvió para que su madre le diese su último adiós, pero decidió que nadie más viese su cuerpo sin vida. Lo comprendí y yo hubiese hecho lo mismo. En la primera parte de la sala hay una fila de butacas rodeando la vitrina. En esa fila de butacas suele situarse la familia. En la segunda parte de la sala hay cuatro filas de butacas y dos mesas. Pablo decidió sentarse en la más alejada del féretro, al lado de la puerta de salida. Y permaneció impasible.

Es curioso que he visto llorar a personas durante horas y horas, desmayarse, increpar a otras personas en un estado de descontrol, en momentos en los que los sentimientos llegan a asfixiar a las personas. Y es absolutamente impactante, aun cuando llevas miles de entierros a tus espaldas. Sin embargo nada me había impactado tanto como la figura de Pablo impasible, con la mirada perdida, y sin pronunciar una sola palabra.

Una vez llegó la hora de salir hacia el cementerio, se fue vaciando poco a poco la sala. Quedaron los familiares más cercanos intentando asumir lo que habían de celebrar en unos minutos. Todos y cada uno de ellos intentaron convencer a Pablo de que se levantase, con la ayuda de uno o dos de sus amigos o familiares. Fue en vano. A todos ellos les dedicó el gesto de negar con su cabeza sin perder la mirada que se había instalado en su rostro. Su esposa lo intentó, incluso rogando que la acompañase, pero tampoco consiguió que moviese un músculo.

Al final, con una pena difícil de superar, todos menos Pablo se dirigieron a la iglesia. Él permaneció en el mismo sitio, en la misma postura, con la misma mirada. No sé qué me llevó a hacerlo, pero no pude hacer otra cosa que sentarme a su lado. Simplemente sentarme. No podía asumir el ver su figura solitaria, abandonada por el mundo, despojada de cualquier tipo de esperanza. No esperaba nada de él, ni un solo movimiento, y es lo que obtuve. Permaneció en silencio, sin siquiera cuestionarse mi presencia. Recogieron las coronas en las que se leía “Tus abuelos”, “Tus padres”, “Tus compañeros de colegio”…. No sabría decir cuánto tiempo transcurrió, pero la sala ya se estaba preparando para su siguiente ocupante. El entierro ya habría finalizado.

Cuando estaba dudando si levantarme e irme noté que Pablo respiraba hondo. Repitió varias veces esa respiración. Juntó sus manos de forma nerviosa. Se las miró. Creo que era la primera vez que fijaba la mirada en algo desde que había entrado por la puerta. Y con un hilo de voz que estaba formado por una especie de suspiro comenzó a decir:

                -“Cada día al entrar en casa comprobaba que las ventanas estuviesen cerradas. Cada día. Ayer, sin embargo, llegamos tarde y tenía que hacer la cena. Por más vuelta que le dé no recuerdo otro día en el que no comprobase las ventanas antes de nada. Ni uno solo. ¿Sabes? No lo escuché. No oí nada. Entre el ruido de la campana y de la sartén no escuché un solo movimiento. No sé en qué momento sucedió; tal vez hayan transcurrido cinco minutos desde que entré en la cocina hasta que salí a decirle a Man que se lavase las manos y… y ya no estaba. No estaba. Ya no estaba. La ventana estaba abierta. ¿Estaba abierta cuando entramos? ¿Cómo voy a poder vivir con esa pregunta?”

Sabía perfectamente que esa pregunta no esperaba una respuesta, así que lo dejé en silencio. Sus manos parecían acariciar a una mano que ya no estaba ahí y ya nunca volvería a estar. Su mirada volvió a fijarse en ninguna parte y su respiración volvió a ser pausada. Por primera vez me permití mirar su rostro. Un rostro que parecía haber envejecido años desde hacía unas horas. Algo hizo que pusiese mi mano sobre las suyas, aunque no pareció apreciar ese gesto. Por fin pude hacer una especie de mueca, y le dije:

                “Me prometí no ver esas imágenes, y no sé qué me hizo pulsar el icono de reproducir. Pero, Pablo, esa ventana estaba cerrada. Sé perfectamente que estaba cerrada. No ha sido culpa tuya”.

Giró lentamente la cabeza, como si estuviese juntando las palabras que acababa de escuchar para formar frases con sentido, para intentar darles un significado. Me miró fijamente y vi en sus ojos cómo se disipaba el sentimiento de culpa que, probablemente, fuese a acabar con cualquier posibilidad de vivir en un futuro sin remordimientos. El lugar de la culpa fue ocupado rápidamente por la desolación, y por fin, tras tantas horas sin dormir y una vez Man yacía en su sepulcro, lloró. Lloró durante horas. Lloramos durante horas.

Daniel Varela


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