miércoles, 1 de noviembre de 2017

Relatos sin nombre I

ÉL. Una repentina sensación de quemazón hizo que abandonase la especie de ensoñación en la que se encontraba. Instintivamente arrojó lo que quedaba de cigarrillo entre sus dedos y observó la caída hasta que la luz que rompía la oscuridad de la noche se quebró en infinidad de puntos al chocar contra el asfalto. El humo del tabaco había irritado un poco más sus ojos, que hacía días que sufrían las consecuencias del maldito insomnio que le ataba tantas horas a esa ventana.

La vuelta a la realidad fue un proceso pausado en el que fueron apareciendo los pensamientos que se agolpaban en su mente uno a uno, y de una manera mucho más nítida. Así, el pasado iba tomando forma con unos colores mucho más brillantes que el presente y, por supuesto, que el futuro. Cada pocos segundos su cabeza se giraba instintivamente hacia la rotonda que se encontraba a su derecha, en un gesto que odiaba internamente pero que no le era posible evitar de ninguna manera.


Esa rotonda no llevaba mucho tiempo ahí. Había sido construida hacía un par de años y, para ello, hubieron de derribar un edificio de viviendas que estaba prácticamente ocupado en su totalidad, y una antigua tienda de muebles, que regentaba el ya anciano nieto del primero de los dueños. En su lugar construyeron un parque infantil que pronto se hizo prácticamente imprescindible y que hoy en día aglutina a casi todos los niños del barrio junto con sus padres y madres. Enfrente a este parque un avispado comerciante construyó una pequeña cafetería con una gran terraza que suele tener ocupadas gran parte de las mesas.

La rotonda en sí no tiene mucho sentido, al menos en la ubicación que decidieron, ya que el tráfico es mínimo y jamás se habían producido retenciones. El proceso de construcción fue lento y produjo meses de incomodidades y suciedad. Sin embargo ahora, una vez construida, había aportado algo nuevo a un barrio que se encontraba en decadencia.

En todo ello estaba pensando cuando entonces, como cada noche, como cada madrugada, apareció su coche. Observó el intermitente encendido y sonrió al ver que, como cada día, detenía su turismo en la entrada a esa rotonda, olvidando que nunca se iba a encontrar con otro vehículo circulando por la misma a esas horas. No era capaz de vislumbrar su rostro, sino tan solo su silueta, pero sí reconocía cada gesto, el movimiento de su cabeza e incluso era capaz de apreciar la longitud de su pelo, adivinaba cada cambio de marcha realizado con gesto decidido mientras el coche avanzaba con parsimonia y cómo desaparecía la luz que indicaba que se dirigía hacia su calle, la luz que indicaba que iba a circular bajo su ventana, esa ventana que no hace tanto era también la de ella.

Con casi total seguridad llegaría a ver su cara si no realizase el gesto de apartarse de la ventana, pero era superior a él la fuerza que lo separaba, que le impedía quedarse observándola. Una vez el coche superaba su edificio e iba dejando un rastro de olvido y marcaba con sus ruedas la distancia que se abría entre ellos sentía cómo, de nuevo, le invadía el pensamiento que llevaba tanto tiempo atormentándolo: “Ojalá pudiese abandonar esta puta silla de ruedas”.

ELLA. Había calculado con minuciosidad la duración del recorrido. Dependía del tráfico el tramo desde la salida de su trabajo hasta esa rotonda. Normalmente duraba unos diecisiete minutos, aunque antes de que le impusiesen el turno de noche la duración era muy superior debido a la hora punta en la que había de circular. Esos diecisiete minutos eran tal vez los más esperanzadores del día, aún con el cansancio de haber terminado una jornada que no daba más de sí que el llegar a casa y tumbarse para dormir el tiempo que el cuerpo le pidiese.

La música siempre era una parte importante de su trayecto, como lo había sido siempre; se mezclaban cada día canciones que habían estado con ella toda la vida junto con otras canciones que le llevaban a él. Y aunque todas y cada una de las canciones le llevaban de alguna manera a él, disfrutaba mucho más de estas últimas porque, evidentemente, esos diecisiete minutos de carreteras sin coches eran para ella el preámbulo de los segundos en los que veía su silueta en la ventana.

Había aprendido a detener su coche en la rotonda, como si olvidase que nunca se iba a encontrar a otro vehículo circulando por la misma a esas horas. Esos eran sus instantes preferidos. La luz de la farola que estaba al lado del edificio que había sido su domicilio varios años hacía que se pudiese apreciar su cara, su impaciencia. Creía reconocer en los gestos de él la misma inquietud que invadía su propio cuerpo, quería creer que esos segundos que se miraban uno a otro eran también lo mejor de su día. Luego emprendía con la mayor de las lentitudes posibles el recorrido que hasta no hace tanto era el de su casa. Su sonrisa se difuminaba cuando observaba cómo, de nuevo, como cada día, él se apartaba de la ventana en un gesto absolutamente vano, ya aunque no llegaba ya a apreciar sus facciones, su silueta seguía presente en el marco de la misma. No hacía falta ver su cara para apreciar el dolor que emanaba, el arrepentimiento, la necesidad.

En el preciso momento en el que su rueda delantera izquierda convertía una colilla, sin duda suya, en una masa plana de la mezcla de papel y filtro ella superaba la ventana y se le rompía un poco más el alma al sobrepasar la plaza libre de aparcamiento en la que tantas veces había aparcado su coche.

Había aprendido también a adoptar una postura casi inverosímil para, desde su espejo retrovisor derecho, ver cómo él, creyendo ya que no era posible que lo viese, volvía a aparecer por la ventana y miraba cada movimiento hasta que tenía que girar, otra vez en la dirección opuesta a lo que el cuerpo le pedía, hacia su nueva vivienda.


Una vez el coche superaba su antiguo barrio y se consumían los mejores momentos de su jornada, tal y como le sucedía  cada día, era invadida por un sentimiento amargo que crecía de forma directamente proporcional a la distancia, aunque quizás pudiese definirse como agridulce por el futuro con el que su mente quería y lograba conjugar el verbo: “Ojalá pueda hacer que se olvide de esa maldita silla de ruedas”.

Daniel Varela.

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