lunes, 8 de abril de 2013

"Una temporada para silbar", de Ivan Doig.


Nos encontramos en el lejano 1957, año en el que la Unión Soviética consiguió poner en órbita el cohete Sputnik, lo que llevó a los Estados Unidos a volcarse con grandes medios en la carrera espacial. Para ello, se efectuaron recortes en la mayoría de las partidas presupuestarias, con la consiguiente merma en los servicios ofrecidos por el gobierno.

En este marco el superintendente de Instrucción Pública Paul Milliron, con una contrastada carrera en educación a sus 61 años, recibe el encargo de comunicar a los representantes del profesorado y a las juntas escolares que las escuelas unitarias (con tan solo un aula) del estado de Montana deberán echar el cierre para ahorrar costes…

Dicho encargo pone en una encrucijada moral difícil de resolver a Paul, contrario a esa medida y, sin embargo, ejecutor de la misma. A partir de ese momento, con una gran carga de nostalgia, inicia la narración con la que nos transporta al tiempo en el que él mismo era alumno de una de esas escuelas.


Con ello nos introduce en el año 1909, en el mundo rural del pequeño pueblo de  Marias Coulee, fundado por emprendedores colonos como su padre Oliver pocos años atrás. Allí conocemos detalles de la infancia de Paul, que vive junto a sus hermanos Damon y Toby, y su padre, echando de menos a su recientemente fallecida madre…

Concretamente, nos traslada al día en el que el padre, superado por tener que compaginar las labores propias de la granja y del cuidado de tres niños, decide contestar a un curioso anuncio en un periódico, en el que se ofrece un ama de llaves con los siguientes términos:

“No cocina pero no muerde.”

Tras dicho punto de partida nos es presentada con un perenne buen gusto la vida diaria en el pueblo, los quehaceres en las granjas rurales, los aromas y colores de la comarca, los avances tecnológicos que trastocan el apacible día a día del pueblo, etc. Nos quedaremos encantados con el trayecto a caballo de los niños a su escuela, con las excursiones al dique en construcción, con sus disputas infantiles, y además conoceremos a personajes entrañables, como el propio padre de Paul, Oliver, todo un ejemplo moral; la decidida y encantadora ama de llaves Rose, que revoluciona y enamora a toda la familia; el hermano de ésta, el enigmático y letrado Morrie, que es capaz de sorprendernos en todo momento, y todos los compañeros de clase de los hermanos Milliron. 

Pero lo que más destaca del libro es que asistiremos en el aula al entusiasmo por la enseñanza, y al entusiasmo que adquieren por los conocimientos los alumnos de esta pequeña escuela, gracias a la llegada del apasionado y apasionante nuevo maestro y sus nada convencionales métodos de enseñanza. Viviremos con pasión el paso del cometa Halley que trastoca la vida de la escuela, y sufriremos con la visita del inspector escolar que amenaza con cerrarla…

Se trata de una deliciosa novela costumbrista, en la que la narración fluye sin aparente esfuerzo, en la que poco a poco nos vamos sintiendo a gusto en la vida de estas personas, a las que es difícil no tomar cariño.

Ivan Doig
El hecho de que sea un argumento un tanto previsible no empaña el tono del libro, en el que el autor (totalmente desconocido para mí, aunque reconocido en su país) nos traslada con maestría a una época lejana con una representación de valores un tanto olvidados en la literatura moderna.

He de decir que me resulta difícil de creer que este libro se haya publicado en 2006, ya que sería más fácil de ubicar en las publicaciones de mediados del siglo pasado, en las que las lecturas aptas para todos los públicos, y que, además de entretener, muestran valores cívicos, eran más comunes. A destacar también la nitidez y habilidad con la que no es narrada la vida en la época, ya que me acompañó durante toda la narración la sensación de que estaba leyendo la autobiografía de Ivan Doig, algo que descarta su fecha de nacimiento.

Una vez terminado el libro, no me cabe duda de que, gracias a su presentación de familia, amistad, educación, enseñanza, y a la forma que tiene de introducirnos en los impresionantes paisajes de Montana, acompañados de ese tono que nos dibuja una sonrisa durante prácticamente toda la lectura, permanecerá por mucho tiempo en algún lugar de mi memoria…

Un encantador homenaje a la escuela y a la enseñanza.