viernes, 25 de septiembre de 2015

Fe de erratas

El error está presente en cada una de nuestras facetas, y de hecho muchos somos capaces de equivocarnos a diario. El momento en el que escribimos es uno de los más propicios para cometer errores, que pueden echar por tierra el resultado final de un texto. Es difícil juzgar esos errores, ya que como decía, todos nosotros somos sin duda capaces de cometerlos. Sin ir más lejos, en esta misma página puedes descubrir infinidad de errores (estoy seguro) con solo echar un vistazo a las diferentes entradas.

En el mundo de la Literatura también se producen a diario errores, y erratas, que pueden venir de diversas procedencias. Una vez usado el corrector ortográfico (más necesario que utilizado por la mayoría de nosotros, omisión que asumo como propia) los escritores pueden leer y releer su escrito buscando posibles fallos.

Sin embargo, es aconsejable el trabajo desarrollado por el corrector profesional de textos, que con un rápido vistazo puede mejorar un texto notoriamente. Es una figura importante, y de hecho cada 27 de octubre se celebra el Día del Corrector de Textos en varios países, entre los que se encuentra España. La fecha se eligió con gran acierto por corresponderse con el día de nacimiento del polifacético (y entre las funciones que desarrolló se encuentra la que nos ocupa) Erasmo de Rotterdam.

El resultado final de un libro puede incluir errores, como decíamos de diversas características, y que se van corrigiendo en posteriores ediciones del libro. A continuación vamos a ver una serie de ejemplos de erratas que se llegaron a convertir en más o menos célebres.

Para empezar hemos de señalar que todos los autores, incluso algunos geniales escritores como Stefan Zweig, sufren el mal del duende de las erratas. En una de las ediciones españolas de su biografía sobre “María Antonieta”, imaginamos a los lectores el impacto que les causó imaginar al autor escribir con motivo del nacimiento de la hija de los monarcas “no falta sino que toquen a rebato las campanas o se disparen coñonazos de alarma”.  Suponemos que no distaría mucho la reacción del lector que observó en la primera edición de “Arroz y tartana” de Vicente Blasco Ibáñez, “Doña Manuela entró en el salón con el coño fruncido”.

Más curiosa es la historia de la siguiente errata célebre que vamos a visitar. Ramón de Garciasol era el pseudónimo de Miguel Alonso Calvo, poeta, ensayista, biógrafo y corrector de textos que perteneció a la generación del 36, y cuya actividad republicana provocó que hubiese de usar dicho pseudónimo. Entre los muchos poemas que publicó, y que recogió en una antología que él mismo revisó y corrigió, a su esposa dedicó uno que incluía el verso “Y Mariuca se duerme y yo me voy de puntillas”. Desconocemos qué es lo que llevó a cometer ese error, y tampoco sabemos cómo sucedió ni quién lo cometió, pero suponemos (podemos decir que estamos seguros) que a Mariuca no le hizo mucha gracia leer la extraña declaración de amor que resultó al omitir una letra  cuyo resultado final fue “Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas”.

En los primeros años tras el diseño realizado por el orfebre alemán Johannes Guttemberg de la prensa de imprenta con tipos móviles era mucho más común la proliferación de erratas en un libro. De hecho, hay libros que poseen una interminable fe de erratas, incluso llega a hacer sombra a la longitud del propio libro. Sabido es que el primer libro que se imprimió con el artilugio inventado por Guttemberg fue La Biblia.

Pues bien, incluso un libro tan importante para muchos lectores contiene erratas que pueden cambiar el sentido del texto. Por ejemplo, en la llamada “Biblia del Rey Jacobo” (“King James”), una traducción al inglés con gran reputación, hay una coma que se omitió y que cambia el sentido de la frase “Y también hubo otros dos, malhechores”, ya que con la ausencia de esa coma da a entender que el propio Jesús era un malhechor más. También hay erratas que dan nombre a la traducción de la Biblia correspondiente, como por ejemplo “La Biblia búho” (un error cambió propio (own) por búho (owl) con el consiguiente cambio de sentido) o “La Biblia del vinagre” (vineyard/viñedo fue sustituido por vinegar/vinagre).

También es chocante la errata de la propia Biblia King James, en este caso en la edición de 1631, en la que hay una errata nada menos que en uno de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios: uno de ellos se convirtió en “Cometerás adulterio”. Esa edición sufrió una inmediata persecución, y casi todos los ejemplares acabaron siendo pasto de las llamas. Se cree que tan solo se conservan 11 ejemplares, y se estima que cada uno de ellos puede alcanzar un valor de 80.000 Euros.

Y es que, además de costar el puesto de algún editor o algún corrector y el correspondiente gasto de impresión de una nueva edición, la aparición de erratas en algunas ediciones de libros también supone un suculento negocio. La escasez de esos libros con las rarezas que los caracterizan y que fueron corregidos en todas las posteriores ediciones hace que libros como “Las aventuras de Huckleberry Finn” de Mark Twain, que en su primera edición cambió la palabra “was” por “saw”, se valore en unos 15.000 Euros.

Como curiosidad veremos que la obra “Fiesta”, de Ernest Hemingway (“The sun also rises” es el título original) en su primera edición contiene la palabra “stopped” con tres pes; pues bien, según estimaciones, la diferencia monetaria entre una edición con la pe de más y una con la corrección ya realizada puede llegar a multiplicarse/dividirse nada menos que por 20.

Hay algunas erratas que parecen más una irónica venganza por sus características. Por ejemplo, la primera edición de “Las correcciones”, de Jonathan Franzen, hubo de ser corregida inmediatamente, ya que invirtió el contenido de las páginas 430 y 431. En su momento dicha errata proporcionó unos buenos beneficios a los propietarios de esa primera edición porque dicho libro se publicitó en el famoso programa de la presentadora norteamericana Oprah Winfrey y tuvo una gran aceptación, aunque debido a la gran tirada de esa primera edición pronto perdió valor; suponemos que los bisnietos de alguno de los actuales propietarios de ese libro recibirán una buena noticia dentro de muchos años.


Como vemos, hay errores de diferentes tipos, que pueden echar a perder una edición entera de un libro, convertir al lector en hereje, o incluso convertir a su propietario en un afortunado vendedor. Espero que hayáis disfrutado con los ejemplos y tened en cuenta que los múltiples errores que podréis encontrar en estas líneas palidecen ante alguno de los errores mencionados; por poner un ejemplo, no creo lleguen al punto de merecer las explicaciones que el bueno de Ramón de Garciasol hubo de darle a su esposa Mariuca.

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