viernes, 3 de mayo de 2013

Seudónimos.


“Aquí yace Eric Arthur Blair, nacido el 25 de junio de 1903, fallecido el 21 de enero de 1950”. Si nos encontramos con esta lápida, en un pequeño cementerio de Oxfordshire, en Inglaterra, probablemente no reparemos en que el ocupante de esa sepultura es el célebre autor de libros como “Rebelión en la granja” o “1984”.

Eric decidió evitar publicar con su propio nombre como deferencia hacia su familia, antes de publicar su primera obra, “Sin blanca en París y Londres”, en la que narra algunas de sus propias y duras vivencias en los bajos fondos de dichas ciudades. Después de barajar varios seudónimos, se decidió por George Orwell, tomando el nombre de pila del patrón de Inglaterra, y el apellido de un conocido y querido río. La elección de un apellido cuya inicial es la letra O no fue casual, ya que el escritor pensaba que le otorgaría una posición privilegiada en las estanterías de librerías y bibliotecas.


Esto nos puede servir como ejemplo de los variopintos motivos por los que un escritor decide publicar con un nombre que no es el suyo.

Al igual que le sucedió a George Orwell, la consideración hacia su familia, (en concreto a su padre, al que desagradaba la idea de que su hijo dedicase su vida a la poesía), llevó a Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto a adoptar el seudónimo por el que será recordado eternamente, Pablo Neruda.

El propio Neruda confesaba haber sido influenciado en gran parte por Gabriela Mistral, poetisa chilena a la que conoció personalmente, y que adoptó ese seudónimo tomando prestados los nombres de sus poetas preferidos: el poeta italiano Gabriele D`Annurzio y el francés Frédéric Mistral. El motivo que llevó a la poetisa a adoptar el nombre con el que se haría mundialmente conocida probablemente se encuentre en la complicada composición del nombre que aparece en su partida de nacimiento: Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga.

Este último, el escaso atractivo del nombre propio, es uno de los motivos más extendidos entre los escritores en el momento en que deciden firmar con un “falso nombre” o recortar el suyo propio de modo que tenga más posibilidades de ser recordado por el lector. Oscar Fingal O´Flahertie Wills Wilde decidió por dicho motivo obviar parte de su extenso nombre y nosotros lo recordamos como Oscar Wilde. En el año 1895, tras ser acusado de cometer “actos homosexuales”, fue condenado a trabajos forzados durante dos años. A partir de su liberación, el uso de un seudónimo se convirtió más en una forma de supervivencia, ya que hubo de vivir en París bajo el alias de Sebastian Melmoth.

Por otro lado, conocida es la necesidad que sufrieron algunas mujeres escritoras de publicar su obra bajo un seudónimo masculino, para tener posibilidades de que la misma llegase a ser publicada. Habiendo cientos de mujeres que se encontraron en  ese caso, pondremos como ejemplo a las 3 hermanas Brontë, que se convirtieron en los 3 hermanos Bell. (más detalles en este post)

Aunque es un caso mucho menos conocido y los motivos son puramente comerciales, también existen escritores como Ian Blair, que publica sus novelas románticas adoptando un seudónimo femenino, Emma Blair.  No es el único caso, ya que en el mismo se encuentran  Hugh C. Rae (Jessica Sterling) o Roger Sanderson, que publica como Jill Sanderson.

También podemos encuadrar en motivos editoriales el hecho de que en EEUU se haya estudiado que los apellidos que tienen más posibilidad de éxito son los que comienzan por H, I, J y K, ya que son los que suelen encontrarse a primera vista los visitantes de las librerías. Además, hay editores que sugieren a alguno de sus escritores que usen uno o varios seudónimos para poner a la venta sus obras. Se trata de autores que son capaces de escribir libros a un ritmo alto y producirían saturación entre sus lectores. El escritor Jack Higgins era capaz de terminar un libro en tres meses, y los publicó llegando a usar hasta cinco seudónimos. Por idéntico motivo Stephen King publicó en alguna ocasión bajo el nombre de Richard Bachman.

Difícil de clasificar es el motivo por el cual Charles Lutwidge Dodgson transformó su nombre. Con una brillante carrera como matemático, encontró en la fotografía un hobby con el que logró un notable éxito, y a ello añadió su afición a la escritura, que saciaba enviando cuentos y poesías a ciertas publicaciones, consiguiendo publicar en varias de ellas. El director de una de estas publicaciones, The Comic Times, tras observar una falta de don de gentes en Charles, le aconsejó adoptar un seudónimo. Para ello tomó su nombre y su primer apellido y los latinizó, convirtiendo con ello Charles en Carolus y Lutwidge en Ludovicus. Como si de un juego se tratara, invirtió el orden de dichos nombres y los volvió a convertir al inglés, obteniendo el resultado de Lewis Carroll, con el que todos reconocemos al autor de “Alicia en el país de las maravillas”.

Otro caso curioso es el de Samuel Longhorn Clemens, polifacético escritor que trabajó desempeñando multitud de profesiones, como aprendiz de impresor, piloto de barcos en el río Misisipi, minero o periodista. De una de las profesiones que desempeñó, la de surcar el río Misisipi en los característicos barcos, tomó su seudónimo, concretamente en una expresión que usaban habitualmente los navegantes de la zona. Dicha expresión aludía a que la profundidad del río en esa zona era de dos brazas o más, y , por lo tanto, era navegable. Las dos palabras que expresaban esa idea eran “mark twain”, y con ese nombre fueron firmados libros como “Las aventuras de Tom Sawyer”.


Hemos visto alguno de los motivos por los que conocidos escritores decidieron que a los títulos de sus obras acompañaría un nombre que no fuese el propio, y seguramente existan cientos de razones de lo más variopintas, siendo un tema que puede rellenar muchas páginas.

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