miércoles, 17 de abril de 2013

Traducciones básicas.



El de  traductor literario es un empleo  habitualmente poco reconocido, pero  en la mayoría de los casos resulta básico para conseguir el éxito internacional de un autor la elección de un buen traductor para su obra, ya que una traducción fallida o poco atractiva puede llevar al olvido grandes libros.

Ya desde hace cientos de años, este digno oficio viene  produciendo nombres célebres, como  es el de San Jerónimo de Estridón, considerado el primer traductor de la historia, y Santo Patrón de los Traductores. Eusebio Hierónimo de Estridón dedicó gran parte de su vida a la traducción de los escritos hebreos y griegos al latín, consiguiendo así la primera Biblia escrita en el idioma del pueblo (llamada Biblia Vulgata). Esta versión de la Biblia (que data del año 382) se consideró el texto bíblico oficial hasta 1979, año de la promulgación de la Biblia Neovulgata.


Es un hecho conocido que gran parte de las traducciones realizadas a lo largo de la historia procede del grupo de estudiosos de la Iglesia, debido a que en sus edificios era donde se concentraba la mayor cantidad de conocimiento. Entre dichos estudiosos se encontraba Martín Lutero, que inició la traducción de la Biblia Vulgata en 1521. En un principio la tradujo al griego para conseguir un mejor resultado en su objetivo final, que no era otro que acercar la lectura de dicho libro al lenguaje hablado por sus paisanos, el alemán. De la traducción realizada por Lutero se dice que, además de extender la lectura de la Biblia,  contribuyó a extender e incluso estandarizar el idioma alemán.

Evidentemente, no todas las traducciones en épocas pasadas se las debemos a la Iglesia, y por poner un ejemplo, la traducción de “La Ilíada”, de Homero, se la debemos a los cinco largos años que dedicó Alenxander Pope,  ingles que vivió en los siglos XVII y XVIII, a dicha tarea. Pese a ser un altamente reconocido poeta en su país, lo más recordado de Pope es la traducción de la obra homérica, ya que incluso en vida obtuvo reconocimiento y éxito por ello, lo que le llevó a emprender también la traducción de “La Odisea”.


 Cuando hablamos de traductores literarios, normalmente hablamos de personas prácticamente anónimas, pero también en esta profesión encontramos a célebres escritores que dieron sus primeros pasos llevando escritos famosos a su propia lengua. Por ejemplo, en la época en la que Julio Cortázar vivía en París (por cierto, casado con una traductora), ciertas penurias económicas le llevaron a aceptar el encargo de la Universidad de Puerto Rico de traducir las obras de Edgar Allan Poe. Hoy en día todavía son reconocidas como las mejores traducciones de dicha obra.

Asimismo, el gran autor Jorge Luis Borges también hizo sus pinitos en la tarea de transformar el espíritu de un libro a otro idioma, intentando conservar la esencia principal. De sus manos salieron traducciones de William Faulkner, Herman Hesse, Franz Kafka, o el mismo Poe.

También nos podemos sorprender si desconocíamos el hecho de que algunos escritores empezasen sus carreras literarias a la sombra de una traducción. El japonés Haruki Murakami suele hablar de la influencia que tuvo en su manera de entender la literatura el haber sido traductor de obras de Francis Scott Fitzgerald, John Irving y Raymond Carver. De hecho, es notoria la presencia de dichos autores en algunos de sus libros, como podemos comprobar al leer “Tokio Blues”  y sus menciones a “El Gran Gatsby”, de Fitzgerald. (reseña aquí)

Al encontrarnos con Murakami, no puedo dejar de hablar de la traductora que me hizo empezar a fijarme en quién era el traductor de cada libro, que no es otra que la traductora habitual del autor japonés, Lourdes Porta. Profesora de japonés en la Escuela Oficial de Idiomas de Barcelona, consigue incluir cierto tono reconocible para sus autores, hasta el punto de que, tras la publicación de “1Q84”, uno de los últimos libros de Murakami que tradujo el gallego Gabriel Álvarez, muchos lectores echaron en falta el estilo de Lourdes…

Y es que, como hemos dicho, una mala o regular traducción de un buen libro a otro idioma, puede echar a perder miles de ventas… De ello son conscientes las grandes editoriales, y se cuidan de elegir el artesano que va a moldear su producto. De este modo, la editorial de Harry Potter encargó todas las entregas de las aventuras de este joven mago a tan solo cuatro traductores en nuestro idioma.

También existen agencias que garantizan una traducción profesional, y de ello toma buena nota la editorial que publica en nuestro país las obras de Ken Follet, ya que los últimos libros publicados por el autor (y seguramente los que más ventas han conseguido), fueron traducidos por el colectivo Anuvela.


De los diferentes resultados que pueden resultar al encargar diferentes traducciones se ha hablado largo y tendido, y el mejor ejemplo de ello creo que es el “Ulysses” de James Joyce, del que se han realizado hasta la fecha tres traducciones, con detractores y defensores a ultranza cada una de ellas. Los autores de las traducciones fueron José Sala Subirats, José María Valverde, y una última realizada conjuntamente por Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas. En una publicación tan compleja, el cambio de algunas palabras puede variar totalmente el resultado, como podemos observar en las diferentes traducciones que resultaron de una frase del “Ulysses”:
               
Frase original: “The ghost walks, professor MacHugh murmured softly, biscuitfully to the dusty windowspane."

Traducción José Sala: “El duende que camina, murmuró quedamente el profesor MacHugh, con la boca llena de bizcocho, al polvoriento vidrio de la ventana.”

Traducción J.M. Valverde: “El espectro avanza, murmuró el profesor MacHugh suavemente, rebosando galleta, hacia el polvoriento cristal de la ventana.”
   
Traducción Tortosa/Venegas: “El espectro avanza repartiendo pasta, murmuró el profesor MacHugh suavemente, de galletas lleno al polvoriento cristal de la ventana.”


Con dichas diferencias se resalta la importancia que tiene la labor del traductor literario, labor apreciada por autores y editoriales, pero que quizás no recibe el reconocimiento que merecería por el público en general. 

Con  ello, además, tal vez lleguemos a suscribir las palabras del fallecido Premio Nóbel de Literatura portugués José Saramago, que refiriéndose a este tema decía:

"Los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal."

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